LOS DULCES SUEÑOS DE UN ALVARADEÑO


+ Cuando era un chiquillo, qué alegría…

+ Tiempos de travesuras y el juego peligroso…

+ Amigos, cómplices y compañeros de maldades…

+ Manuel, Uribe, Héctor, Chema, Fallo y Sotero…

                               por Ruperto Portela Alvarado.

Ruperto Portela Alvarado es egresado de la Faculta de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Veracruzana

                                       Capítulo IV…

He dicho tantas veces que soy feliz, que me siento reconfortado y lleno de alegría; audaz y valiente como Pancho Pantera o como la   canción de “Los Xochimilcas”“qué seas feliz, feliz, feliz; es todo lo que pido en nuestra despedida, después de habernos amado tanto…” Digo, amar tanto a la vida, es casi lo único que tenemos los pobres para ser felices.

         Porque me viene a la memoria aquella canción de los años 70s de Roberto Carlos que hoy es un himno, pues: “cuando era un chiquillo, que alegría; jugaba a la guerra, todo el día”. A la guerra y a la lucha por la vida que nos daba muchas riquezas, como la de ser libres, gozar de la naturaleza y el tiempo que todavía no sabíamos medir.

         Dios seguramente es justo. O lo es, aunque no le da todo a todos; a cada quien lo que se merece y quizá a mí y a muchos alvaradeños también nos ha dado a manos llenas y con muchas oportunidades; pues, “ha cómo he sido, hasta muy buenos y excelentes salieron nuestros hijos”. Porque eso sí, para ser vago,  travieso y aventurero, yo me pinté solo.

         Recuerdo aquellos años de mi adolescencia en los años 60s, cuando en el mes de octubre, un grupo de chamacos de la calle Madero íbamos al rancho de don Dimas Zamudio a traer los caballos que luego él rentaba para los paseos y las cabalgatas. Montábamos las bestias a pelo y luego las llevábamos a bañar al “Muelle del Águila”, a la entrada del barrio de la Fuente, donde ahora está una gasolinera o por el Terraplén, detrás de la ahora Escuela Práctica de Pesca de los “Come Papa”, rumbo a la comunidad del Platanar.

         Esa aventura era de a gratis, pues Don Dimas no nos pagaba ni un centavo por ese trabajo; ¡pero, cómo lo gozamos y nos divertíamos!. Por cierto, en uno de esos viajes a traer los caballos del rancho a Alvarado y que corríamos a todo galope, la bestia a la que le llamaban “El Gateado” se tropezó y fui a rodar por varios metros. No me pasó nada, ni dije nada a mis papás.

         Otro día, cuando ya éramos más volantones, fuimos al rancho de don Dimas Zamudio a robarle los cocos. Ya lo habíamos hecho en otras ocasiones sin consecuencia alguna. Esta vez sí nos sorprendieron a mí, mi compadre Manuel Rascón Arano “La Burra”Uribe Cruz Pacheco y su hermano Héctor, aunque no sé si también andaba nuestro amigo José Sotero Silva Herrera.

         Éramos entonces los llamados “Melones Asoleados” del equipo de atletismo, como nos bautizó Rolando Lara Valerio “La Facha”. Quiero agregar que para subirse a las altas palmeras, no había como “Manuel La Burra” y Uribe Cruz Pacheco que se trepaban sin pegar el pecho al tronco  de la palma. Ya arriba se encogollaban y con los pies iban tirando los cocos que nosotros los recogíamos y subíamos a una lancha. Esa vez habremos de haber cortado más de 30 cocos que Don Dimas nos hizo pagar –creo que por la osadía—a altos costos de 5 pesos por cada uno. Pero no escarmentamos.

         Días después nos habíamos apoderado del rancho “Chocotán” en el “Tecomate” de Tobías Ruiz que se localiza a medio camino de Buena Vista, en la carretera a Lerdo y Tlacotalpan. Ahí también le bajamos los cocos y las sandías por pura maldad, pues luego las regalábamos para no irlas cargando, pues pesaban mucho. En esa aventura recuerdo, me subí a una palma y ya encogollado me atacaron las hormigas negras y cabezonas que por Alvarado le llamamos “Chichimecas”, de esas que cuando te pican provocan calentura casi al instante. Sin pensarlo me tiré de la palma que debió tener más de tres metros de alto. Pero el diablo es cabrón, no me pasó nada.  

         Quiero recalcar que yo siempre fui un destacado vago, aventurero y en una de esas, con Uribe Cruz Pacheco, su hermano Héctor y otro amigo que le apodaban “El Momo”, íbamos muy seguido a un lugar llamado “El Cabezo” que se encuentra frente al muro, por donde están las emvazaderas de venta de pescados y mariscos, a sacar almejas. No está más lejos que a cien o 120 metros de la orilla, o a la mitad del camino para llegar a los manglares.

         Resulta que atrabancado yo, me tiré de cabeza de la lancha y casi me quedé clavado en el fondo que estaba muy bajito. Tuve suerte porque era puro lodo blandito, del que sale de los canales del rio, que vienen de los manglares. Aún así, seguimos en nuestra tarea de cosechar almejas del “Cabezo” y también varias veces fuimos a sacarlas del río, del “otro lado” de Paso Nacional, donde está la llamada “Isla de los Gatos”.

         Qué no podré contar de mis andanzas cuando he sido un vago consuetudinario con mucha suerte para los pleitos; que no sé cuántos tuve entre mi adolescencia, juventud y algunos ya cuando estuve más volantón. Quiero decir que por lo menos tuve tres peleas que bien recuerdo porque los rivales fueron dignos de mí, que siempre estuve en la pelea.

         En la Primaria Benito Juárez, ya por el quinto o sexto grado, quien me desafió fue Lucio Figueroa “Veneno”, quien fue un gran contrincante. Él de buena pelea, fortaleza y aguante. Nos dimos hasta donde nos dieron las fuerzas de chamacos y si no le gané, cuando menos salimos empatados a golpes. Está en mi historial la pelea que tuve con “Papi Caco” en el malecón frente al bar “Apolo XIII”. Recuerdo que los primeros raunds o 20 minutos de pelea, “El Papi” tiró todo el repertorio que traía; pero después solo empezó a recibir desde jabs, cruzados, volados de derecha e izquierda; cabezazos, rodillazos que me hicieron salir huyendo, con la camisa desgarrada, porque “el rival estaba aguantando demasiado”. Pero en fin, fue una dura pelea para los dos que ahora somos amigos.

         La que puede ser otra pelea sensacional de mi historial fue la que sostuve con mí siempre amigo y ahora director de la revista “El Quijote de Alvarado”José Ángel Palacios Martínez, el famoso “Ché Palacios”. Ese encuentro tuvo lugar en la calle Madero, frente a la casa de don Amadeo Cruz Santiago, “Ramón Perilla” y de don Argio “El Carbonero”. Esa si fue pelea de sangre y muchos golpes.

         “Ché Palacios” resultó un excelente tirador de golpes, con una   actitud de defender siempre lo que creía su razón –igual que yo– y así “nos hicimos de mulas Pedro” que nos llevó a la gran pelea de por lo menos una hora, con daños por los dos lados. Recuerdo que ambos teníamos el problema del acné y por eso se nos reventaron las espinillas de la cara.

Seguramente por ese pleito y los resultados, el amigo y compañero de bachillerato en la ESBA,  Amadeo Cruz Cruz,  fue quien me acomodó el apodo de “Mameche” que solo mi compadre “Manuel La Burra” me dice “Mamechón” y “Enrique el Palomero”, me grita cada vez que me ve. Claro que son gajes del oficio y de los tiempos de juventud cuando los ímpetus nos llevan a la violencia y las peleas callejeras. Hoy tengo muy buena amistad tanto con “El Papi Caco” como con mi amigo y director de la revista “El Quijote de Alvarado”José Ángel Palacios Martínez, a quien estimo y respeto. A “Lucio Veneno” tengo mucho tiempo de no verlo.

Me viene al recuerdo otra de esas “hazañas” de chamacos traviesos, cuando en una noche de carnaval y después de echarnos unas cervezas –que nunca eran tantas–, más allá de la media noche, cuando había terminado el baile en la explanada del muro, al lado de la Capitanía de Puerto y al final de la calle Galena, se nos ocurrió llevarnos unos bancos, solo por maldad. Fue entonces que se dio cuenta “El Poche” (Carlos Padrón Azamar) que era el capitán de meseros y quien nos lo fue a quitar frente a la “Nevería Tío Luis”. En esa sí andaba mi compadre “El Avión” Nacho Ramón ZamoranoManuel “La Burra” que siempre estaba en todos los acontecimientos; Sotero Silva Herrera y yo. Fue también amigo de niñez, juventud y ahora de adultos, mi brother, Rafael Figueroa Zamorano, “La Pulga”, con quien tuvimos algunas aventuras que luego habrá de contar.

Pero les voy a contar una última, que tampoco es el final de la historia, porque hay otros acontecimientos que “la verdad, no son muy dignos de contarse”; pero ya entrado en el tema, vale la pena que se los comente. Eran días de abril o mayo de aquellos años de 1960 llegando a los 70s. Estaba yo en la cantina que no sé si se llamaba “El Embudo” o “El Canal” que se localizaba en la esquina de Galeana y Juan Soto, al lado casi de la ferretería “El Ave Fénix” de Pepillo Ferreira.

Resulta que, como en Alvarado a todos quieren cotorrear, unos parroquianos empezaron a burlarse de mí. No les di tiempo y les lancé una botella de cerveza. Para mala fortuna le pegué a un gran espejo que había detrás de la barra, que cayó hecho añicos. No tuve más que salir huyendo por el muro y subir por toda la calle de Nicolás Bravo, hasta la casa de las amigas Odulfa y Rosaura, hijas de don “Luis La Osa”, que hasta hoy no recuerdo sus apellidos.

Esa casa que tenía un enorme patio, se ubica a unos metros del parque deportivo “Miguel Alemán Valdez” y junto a otra extensa propiedad que me parece era de un señor que le decían “Pedro Jota”. Ahí estuvo por muchos años el palenque de gallos.  También el terreno de don “Luis La Osa” era muy grande; con muchos árboles y sobre todo palmeras que Odulfa y Rosaura nos permitían a veces cortarle los cocos. Para eso el que se subía era mí siempre compañero de aventuras, Manuel Rascón Arano “La Burra” y Sotero Silva Herrera.

Recuerdo con respeto, aprecio y cariño a Odulfa y Rosaura que fueron unas buenas amigas, aunque eran mayores que nosotros. También me vienen a la mente, sus hijitos: Marianita que era una niña muy alegre e inteligente a sus escasos seis años; Beto “Kalimán”, que era un chiquillo de tez blanca y ojos azules, por lo que le decían de ese modo; a la mamá ellas, doña Juanita que siempre fue muy atentas y condescendiente con nosotros. Tampoco me olvido de “Nati” (Natividad), que fuera novia de mi estimado amigo Sotero Silva Herrera, que en paz descanse. Pero también había otra jovencita –nieta de Doña Juanita— muy bonita que había llegado desde Cosamaloapan a vivir en esa casa, pero que no recuerdo su nombre.

Me place acordarme de otros hermanos de esa familia, llamado Fortino, hijo de  don “Luis La Osa”, con quien llevamos una buena amistad, así como de “Chico 23” que fue un buen ampáyer de béisbol, pero en sus desvaríos creía tirar a la gente solo con mirar el sol y voltear a verlos.

Cuentan en Alvarado que don “Luis La Osa”, además de ser un hombre corpulento, tenía una fuerza descomunal. La anécdota apunta a que un día la bestia que montaba se le amuló como era su naturaleza de mulo y, “ni pa´tras ni pa´delante”. Por lo que se bajó del “macho” y le propinó tal trompada, que lo tiro al suelo y dejó casi desmayado al animal. Pero el tema del espejo roto ahí terminó, porque jamás supieron –quiero creer—que el autor había sido el hijo de “Celedonio el Zapatero”, amigo del encargado de la cantina que no sé si era Don Melo o Don Tilo Padrón.

Mucho me recuerda esa casa de “Don Luis La Osa” y sus hijas que fueron nuestras amigas de ManuelSotero y mías. A lado, en la esquina había una casa con una barda de ladrillos en triángulos pintados de rojo; con muchos árboles, donde vivía dos jovencitas, una llamadas Delma Mema y la otra a la que le decían “La China”. Enfrente estaba una de las varias puertas que tenía el parque deportivo y al lado una taquilla, donde ahora está el auditorio “Atlizintla” que por una idea absurda vino a acabar con la práctica del béisbol que fue el deporte gloria de los alvaradeños.

Pero quedan las aventuras de un vago como yo, que puede todavía contar sus peripecias con el dejo de felicidad que la vida y las oportunidades que Dios da, a todos, a veces sin merecerlo. Solo para finalizar, una disculpa por toda esta historia que seguramente nunca debí contar, pero que apenas es el principio de toda una vida…

Con un saludo desde la Ciudad del Caos, Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, tierra del pozol, el nucú, la papausa y la chincuya…

Para contactarme: rupertoportela@gmail.com

Celular: 961 18 8 99 45.

MIEMBRO DE LA ASOCIACIÓN DE COLUMNISTAS CHIAPANECOS. A. C.

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